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Pio Baroja
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PÍO BAROJA - LA NOVELA DE PIO BAROJA
JesÚs M. Lasagabaster

Itzuli

Baroja: Vida y escritura





Desde 1900, año en que Pío Baroja publica sus dos primeros libros –los relatos de Vidas sombrías y la novela La casa de Aizgorri- hasta 1955, en que ven la luz Paseos de un solitario y Aquí París, libros hechos, sobre todo el primero, con los recuerdos de la estancia del escritor en el Colegio de España de la Ciudad Universitaria parisina, la vida del gran novelista vasco está marcada por una actividad excepcionalmente intensa; cada año, con las únicas excepciones de 1938, 1940 y 1951, van apareciendo uno o más libros del escritor, hasta completar una de las obras más importantes de la literatura española moderna: diez trilogías(1), más otras ocho novelas sueltas, los veintidós títulos de las Memorias de un hombre de acción y los seis de biografías y novelas históricas, los siete tomos de las memorias del novelista, con el título común de Desde la última vuelta del camino, varios más de relatos o novelas cortas y de ensayos, y, por si esto fuera poco, esas esporádicas incursiones en géneros poco cultivados por el escritor: el teatro, en El horroroso crimen de Peñaranda del Campo (1926)(2), o la poesía, con las Canciones del suburbio (1944).

Todavía, tras la muerte del escritor en octubre de 1956, se publican La obra de Pello Yarza y algunas otras cosas y La decadencia de la cortesía y otros ensayos.

En este contexto de sesenta años casi de intensísima actividad literaria, no serían sino curiosas excepciones el año (agosto de 1894 a septiembre de 1895) que Baroja pasó en Cestona (Guipúzcoa) como médico titular, o el tiempo (1896-1902) en que, cansado de esa vida “sórdida y llena de pequeñas rivalidades de pueblo”, se dedicó a regentar la panadería de su tía doña Juana Nessi en Madrid(3). Pero no se trata de paréntesis verdaderos en su vida de escritor, ni siquiera en el corto tiempo de médico rural; bastantes de los relatos de Vidas sombrías están inspirados en su experiencia y en su vida de Cestona; publicó también algún artículo en el periódico La Prensa, de San Sebastián, y tuvo además ocasión de conocer a algunos viejos marinos cuyos relatos le sirvierion para construir las anécdotas de Las inquietudes de Shanti Andia.

La vuelta a Madrid el permite a Baroja reencontrarse con la experiencia ya un tanto lejana, de los años de estudiante de Medicina, los paseos por los barrios populares de Madrid, o los vagabundeos por el Retiro y las Rondas. La regencia de la panadería no resuelve ninguno de los problemas del hombre Baroja; ni siquiera el económico, porque, como él mismo confiesa en sus Memorias, “llegar a tener dinero a los cincuenta años no valía la pena para mí”. No es, pues, extraño que al poco tiempo, exactamente para fines de 1898, Baroja esté plenamente convencido de que con su actividad de panadero no va a resolver ni su vida, ni la del negocio. Y opta por la vía de la literatura: “Ya comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero mientras tanto podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello”(4). Tardaría, sin embargo, todavía casi cuatro años en desentenderse del negocio de la panadería, que deja en manos de un administrador.

El tiempo que media entre 1898 y 1902 marca una entrada en la vida literaria de la época, no sólo intensa y seria, sino también exitosa. Baroja frecuenta los círculos literarios madrileños, colabora asiduamente en revistas y periódicos de la época –La vida literaria, Alma española, El País, Arte joven, El liberal...-, y, sobre todo, escribe y publica. A Vidas sombrías y La casa de Aizgorri sigue, en 1901, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, novela que había aparecido antes por entregas en El Globo y a la que Baroja incorpora algunos tipos y ambientes que ha tenido ocasión de conocer por su condición de regente de la panadería(5).

En 1902, y tras la publicación de Camino de perfección, Azorín, con quien Baroja había entablado una estrecha amistad a raíz de la publicación de Vidas sombrías, organiza un banquete de homenaje, al que asisten significativos representantes de la vida literaria española de la época: Galdós, Valle-Inclán, Maeztu, Ortega Munilla, Mariano de Cavia... Baroja no ha cumplido todavía treinta años y la presencia de Galdós en esa comida es interpretada por más de un crítico como un gesto implícito del indiscutido maestro de la novela realista –don Benito tiene a la sazón cincuenta y nueve años- de que es precisamente el joven Baroja el encargado de recoger el testigo de una novela que en la encrucijada entre dos siglos da muestras claras de agotamiento y aparece necesitada de una profunda renovación(6).

A partir de aquí, Baroja es un escritor que vive para la literatura. De su condición de médico sólo queda el interés por algunos autores –el Claude Bernard de Introducción al estudio de la Medicina experimental o el Charles Darwin de Voyage d’un naturaliste autour du monde(7)- que han dejado su huella en la visión barojiana del mundo, o esa reiterada curiosidad por interpretar la genialidad artística desde una rudimentaria patología(8).

Pío Baroja vive y escribe; es decir, sus viajes, dentro y fuera de España, cristalizan ineludiblemente en literatura: Laguardia y El Mayorazgo de Labraz, Córdoba y La feria de los discretos, la Vera del Tiétar y La dama errante, París y Los últimos románticos o Las tragedias grotescas, Londres y La ciudad de la niebla, Roma y César o nada...

Pío Baroja tiene especial empeño no sólo en no cortar esa especie de cordón umbilical que une su literatura a sus propias experiencias, sino también en mostrarlo. Lo confiesa claramente en sus Memorias; así, en El escritor según él y según los críticos, dice:

“Yo no he partido nunca de la lectura de un libro para escribir otro (...). Yo he escrito de la vida pobre de Madrid porque la casualidad me hizo conocerla; he contado la vida de un médico de aldea porque he sido médico de pueblo; he hablado de la guerra carlista del 73 al 76 porque mi padre estuvo en ella. He escrito de Aviraneta porque era pariente mío, y he hablado de la brujería vasca porque vivo cerca de un foco de brujería”(9).

En este texto Baroja en realidad pretende salir al paso de cierta crítica que le acusa de haber entrado a saco en algunos autores ingleses –Dickens, en concreto- y rusos, como fuente de inspiración de sus propias novelas(10). Tal vez hoy, cuando la teoría literaria ha puesto en circulación conceptos como el de “intertextualidad” o “texto único”, este tipo de acusaciones no tendría demasiado sentido. Don Pío tiene una seguridad casi fisiológica de que su literatura es verdaderamente suya y para ello nada mejor que señalar la relación directa y fácilmente verificable entre lo que escribe y lo que previamente ha vivido.

Julio Caro Baroja ha señalado que su tío tenía desarrollada desde chico la capacidad de observación, que luego se aguza aún más desde tres atalayas an importantes como fueron el Hospital General en los años de estudiante de Medicina, el pueblo y los caseríos de Cestona después y, por fin, el madrileño despacho de pan de la calle Misericordia. Y añade:

“Baroja observaba a los hombres y a las mujeres como seres únicos. Lo mismo si se trataba de gente muy humilde que si eran de otra condición. Cada cual era como era y podía tener interés”(11).

No se trata aquí, naturalmente, de reivindicar una perspectiva idealista desde la que la biografía del autor fuera la clave decisiva para explicar la génesis de la obra literaria y su intepretación. Baroja es un observador atentísimo de la realidad, en la que encuentra el humus que hace germinar sus novelas; mira a la realidad, pero no para reproducirla mecánicamente; Pío Baroja no es un naturalista(12), y cuando se define a sí mismo como “realista”, añade además el calificativo de “romántico”, como si quisiera con ello reivindicar ese espacio de libertad del escritor, en el que la realidad observada es recreada, es transformada en literatura(13). La superación del realismo decimonónico que supone la novela barojiana mediante lo que la crítica llama simbolismo, impresionismo, existencialismo..., se sustenta no sólo en una diferente concepción de la novela misma, sino también seguramente en un modo diferente, y radicalmente personal en el caso de Baroja, de entender la relación vida/literatura.

La crítica es unánime al señalar a Pío Baroja como uno de los escritores que más presente se hace en sus propias creaciones. De ahí la tentación en algunos críticos de ver en los personajes barojianos no ya parentescos más o menos cercanos, sino atrevidas identidades con el autor: Pío Baroja se llama Fernando Ossorio en Camino de perfección, Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia, Iturrioz en La ciudad de la niebla o Larrañaga en Agonías de nuestro tiempo. Y es verdad que las novelas barojianas están pobladas de “dobles” de su autor. Pero sería reducir la riqueza de la novela e ignorar el instinto narrativo de don Pío el pretender resolver la compleja cuestión de la relación vida y escritura mediante mecánicas identificaciones del autor con sus personajes.

Cualquier lector que conozca medianamente la biografía y el talante vital e ideológico de Baroja encontrará en sus novelas huellas claras e inconfundibles que remiten al autor. Baroja, como todo escritor y más seguramente que la mayoría de ellos, se hace presente en sus novelas; pero no en un solo personaje, sino en todos; como también se deja oír en los narradores, en las historias que éstos cuentan y hasta en el modo de contarlas; o en el sistema conceptual o en la visión del mundo que subyace a todo universo novelesco. Esta magisterial y hasta agresiva presencia del autor parecería, si no anular, sí al menos poner sordina a esa variada y rica polifonía en que consiste el discurso de la novela.

Aquí radicaría, a juicio de más de un crítico, la principal limitación de la novela barojiana: en esa especie de distonía que introduce en el discurso una omnipresente voz de autor, demasiado patente en las diferentes instancias narrativas. Paradójicamente, aquí estaría también la mayor virtud de la novela barojiana: en esa sensación de espontaneidad, de naturalidad y de frescura que produce en el lector; ese sentimiento de que es la vida misma, aunque sea la del propio escritor, la que se transmite, convertida en literatura, sin la más mínima concesión a la convención y a la retórica y hasta, diríamos, a la gramática.

Esto explicaría la reacción de más de un estudioso de Baroja al hacer de las novelas de este escritor un contradictorio cúmulo de virtudes y de defectos a un mismo tiempo. Bástenos como ejemplo recoger aquí las palabras de César Barja, para quien las novelas de Baroja “están, probablemente todas ellas, mal hechas”; “y sin embargo –sigue diciendo- ugstan; y sin embargo deleitan. Por su frescura, por su espontaneidad, por su palpitación vial...”(14). Efectivamente, es esa relación espontánea, natural y sin mediaciones con la realidad y con el propio lenguaje lo que termina captando al lector de los textos de Pío Baroja. En el punto de encuentro de esas dos fidelidades – a la vida, y sobre todo a la del propio autor, y a la escritura- surge con una a vecer ruda espontaneidad la novela barojiana.






(1) En dos casos, las novelas de la tierra vasca y la serie del mar, las “trilogías” son grupos de cuatro novelas. (Volver Arriba)

(2) El catálogo de “Teatro y guiones de cine”, de la Guía de Pío Baroja (Pío Caro Baroja, ed.), incluye varios títulos más. (Volver Arriba)

(3) “...decidí sustituir a mi hermano y hacerme panadero, para lo cual no sé si tendría más o menos condiciones que para médico”, O.C., VII, 635. (Volver Arriba)

(4) O.C., VII, 656. (Volver Arriba)

(5) “Otros tipos bastante absurdos conocí en esta época, que a varios los fui sacando en mis libros”, O.C., VII, 649.(Volver Arriba)

(6) “La asistencia de Pérez Galdós al banquete que le dieron distinguidos escriores jóvenes y viejos a Baroaj (...) fue el espaldarazo en que el maestro de la novela española, Pérez Galdós, reconoció como su heredero, entre la nueva generación, a Pío Baroja”, Emilio González López, El arte narrativo de Pío Baroja: Las trilogías, Nueva York, Las Américas, 1971, pág. 17. (Volver Arriba)

(7) Ambos libros están en la biblioteca de Pío Baroja en Itzea, su casa de Vera de Bidasoa, y en las traducciones que se citan. (Volver Arriba)

(8) Efectivamente, Baroja parece en ocasiones estar más preocupado por determinadas “taras” de algunos escritores –la cojera de Byron, el homosexualismo de Wilde, el alcoholismo de Verlaine...- que por la propia creación literaria. “Casi todos los genios del siglo XIX –dice en La intuición y el estilo- tienen algo de monstruosos” (O.C., VII, 1010). (Volver Arriba)

(9) O.C., VII, 436. Baroja se refiere sin duda a Zugarramurdi, pueblecito navarro en la frontera francesa de Dantxaria, que tuvo efectivamente un papel importante en la historia de la brujería vasca. (Volver Arriba)

(10) “Se ha creído que yo tenía algunos autores ingleses a los que desvalijaba (..). Yo creo que de un autor tan admirable para mí como Dickens, no he imitado en algunas ocasiones más que el tono”, O.C., VII, 464. (Volver Arriba)

(11) “Treinta y dos años después”, en J. M. Lasagabaster (ed.), Pío Baroja, San Sebastián, Mundaiz, Cuadernos Universitarios, 1989, pág. 257. Julio Caro recoge algunos elementos de la biografía de Baroja que han quedado incorporados a novelas como Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, El árbol de la ciencia, Zalacaín el aventurero, la trilogía La lucha por la vida, pero también Las mascaradas sangrientas, Humano enigma, La venta de Mirambel, Las noches del Buen Retiro, etc. (Volver Arriba)

(12) “Yo no tuve ningún entusiasmo por los escritores naturalistas” –dice Baroja en Final del siglo XIX y principios del XX- y añade: “Todos ellos me han parecido de una pesadez y de un aburrimiento insoportables” (O. C., VII, 735). De Zola dice, sin embargo, que es un escritor “elocuente” y lo cita incluso junto a novelistas a los que don Pío admiraba, como Tolstoi o Dostoievski, como “los apóstoles de la literatura social”. Cf. José Corrales Egea, Baroja y Francia, Madrid, Taurus, 1969, págs. 186-190. Y en otro lugar dice: “Yo soy un realista, un aficionado a la biología; naturalmente, sin rigor completo, porque en literatura el rigor científico no puede existir”, O. C., VII, 442. (Volver Arriba)

(13) “Siempre he sido lo mismo. En literatura, realista con algo romántico (...). Así era a los veinte años, así soy pasados los setenta. No he encontrado nada en mi vida que me haya hecho cambiar de opinión”, O. C., VII, 812. (Volver Arriba)

(14) Libros y autores contemporáneos, Madrid, 1935, pág. 342. Véase también a este respecto Carlos Blanco Aguinaga, “¿Perdonar a Baroja? (Un vistazo a ciertas coincidencias críticas)”, en J. M. Lasagabaster (ed.), Pío Baroja, págs. 153 y sigs. (Volver Arriba)

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