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Pio Baroja
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PÍO BAROJAREN KARIKATURAK
"Espejos de papel":
Baroja, "Azorín", Perez de Ayala, Gómez de la Serna y Eugenio d'Ors hacen sus caricaturas

Caricatura de Pío Baroja

Mirarse en una hoja de papel blanco, y verse, es el mejor conocerse uno a sí mismo. Prestar la propia imagen a la blancura del papel es poner tanto como el espejo pone en el doble juego de la mirada y el reflejo y, por tanto, es ponerlo todo, proyectarse en dos sentidos. En dos sentidos de dirección (ida y vuelta) y en dos sentidos de la palabra.

Proyectarse, reflejarse, darse en la pantalla de papel blanco, entero, vivo, con el pensamiento.
Proyectarse, reducir a esquema de líneas su imagen, ensayarla, buscarla con las líneas, cazarla entre ellas.

No basta con verse, hay que verse de tal modo, tan precisamente, que la mano -la del no profesional del dibujo- no tenga más que pasar la pluma sobre las líneas que faltan en el papel, y retintarlas.

No hay mejor conocerse, ni hay mejor confesarse. Se dice lo que se quiere decir y lo que no se quiere decir. Lo que se disfraza, lo que se acertúa y lo que se esquiva.

Baroja, antes de buscarse en el papel, lo ha hecho en un retrato. En un retrato determinado, que conocemos todos. Mal consejo. El retrato suele engañar muchas veces. suele no parecerse al retratado, o parecerse a él más que él mismo, con tal que falle, por una luz, por una sombra, por esa milésima de movimiento que sorprende la matemática visión del avizor objetivo fotográfico.

El retrato es un mal indicador, como en este caso. No basta con seguirle, si no se atrapa lo que, acaso, tenía únicamente de exacto y era tan justo que bastaba para llenar por sí toda la expresión.

A Baroja, al hacerse su ecuación de líneas, le ha faltado lo que probablemente allí no podía reducirse a líneas. Por eso nunca se parecen las caricaturas tomadas de fotografía, porque es necesaria una visión distinta y directísima.

Se parece, pero se parece cada vez menos. Se aleja, cuanto más y mejor se le mira, del Baroja real y del Baroja convenido.
Ha creído tenerse, con el retrato a la vista, y ha tomado por un atajo fácil. Si se hubiera recordado un poco a sí mismo, un detalle mínimo, pero permanente, le hubiera bastado.

Pero se va cada vez más en cada pelo que se añade, en cada nueva arruga de la frente, esas arrugas que sólo están en el gesto forzado ante la máquina fotográfica.

Es un cazador furtivo de su caricatura. No quiere hacerse responsable de sus líneas, y se desentiende de ellas en seguida. Unicamente insiste con ferocidad en la nariz. Se la retoca y valoriza para atraer sobre ella una mayor atención. Le hace adquirir un volumen exagerado, y es lo único que se ha atrevido a asegurar de sí mismo. Hace mal en reforzarse la nariz y en ponerse feo a costa de ella. Hay mala fe. En una caricatura no ha de haber mala fe.

Más desapasionado y libre está al jugar con su barba rubia y reducirla a graciosos zigzag de tinta. No es él así, pero esa barba lo define bastante y marca más de lo que parece. Esa barba defiende a casi todo el dibujo. (No hay que olvidar los ojillos, tan resueltos, tan de rubio, tan entornados en una sola línea.). Parece que no, pero el dibujarse la barba ha dado a Baroja una seguridad, y una libertad, que no tenía cuando trazó el arco de la frente y el pelo de la cabeza. Ese triunfo de la barba, le asegura ya para todo el resto del dibujo, le allana y anima el camino. Los hombros fluyen con exactitud; la solapa (falsa) está hecha con atrevimiento. La corbata, apenas manchada, guarda una graciosa despreocupación.

Si ahora vuelve sobre las líneas de ropaje, es para darse, al terminar, unas palmaditas en el hombro.

Baroja ha terminado su autocaricatura más alegremente de lo que la empezó. Se ha quitado un peso de encima. Un peso que no le pesaba mucho.

Azorín. (Puede ser!)

Si Baroja es honrado, "Azorín" es franciscano, asceta, de su autocaricatura.
Por estilo, hubiese querido hacer una cosa clara, sugerente. Hubiera querido no hacer ni una sola línea. Acaso, en la cuartilla blanca, se vió retratado mejor que ningún otro.

Pero había que fijar por medio de líneas. Hizo, mal, un trazo para encerrar sus facciones. No se ha mirado al espejo. (En las librerías no hay espejos.) No se ha mirado al retrato. Se ha recordado, entonces, con humildad.

(Todos sabemos hacer una caricatura de "Azorín". La cara, redonda; luego, unos puntos: los ojos, la boca, la nariz. El bigote, un acento circunflejo, cuando tenía bigote.)

"Azorín" recordó su caricatura, sin rasgos salientes donde pueda anidar el parecido.

Y para que no pareciese que, con dos puntos, se conocía sus ojos claros, y con un solo punto su boca, llenó el espacio de su rostro con líneas como disciplinazos al parecido. Con feroces rayas destruyó su imagen que había visto en el papel, que había visto en el aire.

Se suicidó el parecido. Se echó sobre los hombros una mala capa y se puso mal una mala corbata.
Se desentiende, huye. Tal vez, ha recelado algo, y salió al paso con toda renunciación. 
Y no había motivo, don José. Nadie hubiera pensado mal.

Ramón Pérez de Ayala tiene resabios de dibujante. Logra fácilmente lo que se propone. Sabe hacer lo que quiere hacer, cuando sabe lo que quiere hacer. Hay facciones dibujadas sobre todo, un propósito.

CaricaturaSe ha ido a su perfil, resueltamente, y ha conseguido su perfil, pero nada más. El pelo está mal rayado. La oreja pudo ser el modelo de escayola en que Pérez de Ayala aprendió a dibujar orejas. Hay, después, estratagemas, recursos.

Los recursos son los que vienen a matar el acierto del perfil, que era tan exacto. Tan exacto hasta en lo que había fuera de él (ese ojo del otro lado).

Hay líneas demasiado duras que rebasan el parecido. Muchas de ellas (la ceja, el gesto), serían buenas si no fuesen excesivas. Otras (junto al ojo, en el cuello), lo demacran demasiado, le desmayan más aún esa languidez entre pestañas de la mirada.

Es lástima. Vió su silueta, con gran certidumbre, y creyó rellenarla fácilmente, con mañas. Le sobró lo accesorio, eso que los artistas llaman el oficio.

Cuando Pérez de Ayala acabó su caricatura, seguramente no se vió en ella como antes de hacerla. Pero estaba hecha, y era así. Tendría que ser así.

En Arte hay mucho de fatalismo.

Consignemos primero que Ramón Gómez de la Serna es el único que ha hecho con tinta china su caricatura. Menos dibujante, con menos aprendizaje y heroismo que D'Ors, y que Ayala, tiene a mano los útiles de dibujante que ha de ver publicados sus dibujos, porque con ellos se ayuda para expresar y dar vida a las cosas que viven y que sólo él ve.

Pero esa tinta china le ha traicionado, le ha vendido. Era demasiado aparatosa, con su negrura de escándalo, para guardar el secreto que se le había encomendado.

CaricaturaRamón, que dibujó con sinceridad el contorno de su cabeza, se puso luego unos ojos grandes y nostálgicos de poeta lírico y un negro cuervo de melancolía sobre las cejas. Se peinó la onda más hacia los ojos, para no dejar espacios grandes y libres en su cara. No quiere acordarse de sí mismo en este momento, ni de las caricaturas que le han hecho todos los caricaturistas. Ha querido retratarse como para una novia lejana, y se ha puesto gesto de retrato.

Se quita años, se quita personalidad, se quita salud. Esa nariz, tan dibujada, no es la suya. Esa boca, sin volumen, no le recuerda.

La línea de la faz se ve reforzada. Lo que hubiera sido justo de proporción, lo borra al retintarlo para adentro, hasta dejarse un óvalo perfecto con barbuquejo.

Se ha hecho, a costa suyo, un tipo que no le va a su personalidad de humorista. Acentúa sus ojos negros. Todos sabemos que tiene grandes ojos negros, pero por algo será el que nunca le pongan ojos en sus caricaturas. Se niegan los ojos. El puede usarlos para ver con ellos como no habrán visto otros ojos, pero no debe tratar de imponerlos, y menos de darles gravedad.

Sus ojos, pegados a las cejas, en un solo trazo con ellas, han de colocarse dentro de una línea amplia de que Ramón no debía renegar en su caricatura, en lugar de esa orla de tarjeta de luto con que ha hecho más tenebrosa su contraimagen.

Esa característica es lo que menos se parece a Ramón Gómez de la Serna, dentro de lo que más se le puede parecer.
En la extensión de este concepto, que muy lejos la Diana del parecido.

Eugenio d'Ors se dibujó a lápiz, fácil, resueltamente. No ha vacilado ante el papel, ni le ha temblado la mano. Se sabe a sí mismo o, al menos, se supone o se quiere. No retoca, ni repasa, ni corrige. Una rara seguridad, no rara en él, le anima. Lo que se ha propuesto dibujar, está ahí, simplemente.

CaricaturaMás dibujo, pero también más coquetería. Ese cuello subido es un recurso fácil y alevoso. Si D'Ors hubiese tratado de buscar su parecido exacto, diríamos entonces que se le ha escapado. Pero se ve que el parecido exacto no le preocupa y que se entrega a un parecido relativo y convencional.

Convencional, pero parecido. Donde menos se espera, está el parecido. Tenía que estar en algún sitio. Las cejas, los ojos y la nariz, y también el rizo que asoma de la sien derecha. Ahí está Eugenio d'Ors, tal cual es, enteramente. Ese acierto capital, desligado del conjunto, se afirma más aún.

La línea de la mejilla y la boca son falsas, como lo hubiera sido la que se nos hurta con esa solapa subida. Pero el indiscutible acierto de ese conjunto que hacen ojos, nariz, cejas y rizos, la justa dosificación, la precisión matemática que la más leve variación hubiese frustrado, defienden plenamente el parecido que se dispersa por los lados.

Hasta las ojeras, que pudieran parecer inútiles, sirven para dar sombra a los ojos, debajo de las grandes cejas de Xenius.
Autocaricatura concéntrica y centrífuga. Autocaricatura polar, en la que cada latitud es un alejamiento. La verdad es siempre la verdad, y puede más que lo que no es verdad.

Ahora, D. Pío, D. José, D. Eugenio, Ramón y RAMON, muchas gracias por haber posado ante ustedes mismos y por enviarme esta confesión de líneas.

Y perdón, por lo que haya podido ver.
Y perdón, por lo que no haya acertado a ver.

ESTAMPA aldizkarian argitaratutako artikuluaren transkripzioa,1. urtea,31. zbk. 1928ko urtarrilaren 31

© José LOPEZ RUBIO

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