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Sábado, 1 de noviembre de 2014
Baroja
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BIOGRAFÍA DE PÍO BAROJA

Pío Baroja

El novelista vasco Pío Baroja y Nessi nació en la calle de Oquendo, de San Sebastián, el 28 de diciembre de 1872 y falleció en Madrid el 30 de octubre de 1956. Desde siempre, y muy particularmente desde 1912, fecha en la que adquirió la casa familiar de "Itzea", en la comarca navarra del Bidasoa, Don Pío estuvo estrechamente unido a su País Vasco, y su actitud, mirada sobre el mundo y su particular sentido de la historia, están íntimamente ligados al paisaje, memoria y mentalidad de este País. En ese recorrido vital, la vida intelectual y humana de Baroja compone un referente de un tiempo en el que destaca su actitud independiente, su pesimismo y escepticismo ante los cambios sociales que conoció, y una obra narrativa singular, que representa, en su conjunto, una de las miradas más genuinas y sobrecogedoras de la literatura de nuestro siglo. 

Aunque su vida discurrió en varias ciudades (Madrid, Pamplona, Valencia) siempre tuvo especial querencia por San Sebastián, no así por las conductas de sus hombres públicos. Haber nacido junto al mar le parecía un signo de libertad. Cuando el 15 de diciembre de 1935 acudió al Museo Municipal (hoy San Telmo), a inaugurar el busto que para la colegiata había realizado el escultor Victorio Macho, pronunció estás palabras: "Si se borra mi recuerdo y el busto persiste en su sitio, me contentaría, si esto fuera posible, con que la gente que lo contemplara en el porvenir supiera que el que sirvió de modelo a esta estatua era un hombre que tenía el entusiasmo por la verdad, el odio a la hipocresía y la mentira y que, aunque dijeran lo contrario en su tiempo, era un vasco que amaba entrañablemente a su país".

Pío Baroja es hijo de Serafín Baroja y Zornoza, ingeniero de minas y hombre de cultura, que participó en la vida literaria donostiarra, publicando libros y versos y ejerciendo como cronista de guerra en los periódicos liberales. Su madre,Carmen Nessi y Goñi, de ascendencia italiana, tendría otros tres hijos: Darío, muerto en 1894, Ricardo, pintor y escritor, y Carmen, escritora a su vez y mujer de gran sensibilidad, esposa de Rafael Caro Raggio, que sería el principal editor de las obras de Baroja. Baroja heredó de su abuelo el nombre. Pío Baroja, abuelo, era hijo de Rafael, que fue gerente de una farmacia en la localidad guipuzcoana de Oiartzun. Rafael, bisabuelo del novelista, fue impresor en dicho pueblo del periódico

Pío Baroja, Família

"La Papeleta de Oyarzun" y otros textos e impresos durante la guerra contra Napoleón. Posteriormente, el abuelo editaría en San Sebastián el periódico "El liberal guipuzcoano" (1820-1823). Entre los libros que publican los Baroja en esos tiempos está La Historia de la Revolución Francesa, de Thiers, en doce tomos, con traducción del abate Miñano. Los hijos de Rafael Baroja, Ignacio Ramón y Pío, continuaron el negocio de la imprenta y un hijo de este último, Ricardo, tío del novelista, será andando el tiempo editor y factótum del periódico donostiarra "El Urumea". Estas circunstancias hicieron que Pío Baroja sintiera inclinación por todo lo relacionado con la imprenta y creciera en un ambiente cultural. 

En 1879, la familia Baroja se traslada a Madrid, y en 1881 a Pamplona, ciudad en la que residirán durante cinco años, y que marca un periodo importante en la formación del escritor adolescente. En Pamplona nació Carmen Baroja, madre de Julio y Pío Caro Baroja. en 1886, nuevamente en Madrid, el autor de Las inquietudes de Shanti Andía termina el bachillerato y, al año siguiente, comienza los estudios de Medicina en la Universidad Central. Al trasladarse su familia a Valencia finaliza la carrera en su Universidad en 1891, aunque se doctora en Madrid en 1894, con una tesis acerca del dolor: El dolor: Estudio Psicofísico. En ese mismo año obtiene la plaza de médico de Cestona, localidad en la que apenas residió un año, pero este hecho será determinante en su vida de escritor. De estas vivencias nacería su primer libro, Vidas sombrías.

Tras la experiencia como médico vuelve a Madrid en 1896 para regentar, junto con su hermano Ricardo, la panadería de su tía Juana Nessi. En ese tiempo sigue escribiendo, y en su novela Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901) pone en boca del protagonista este comentario: "Estos Labartas, así se llaman los panaderos - dijo Silvestre a Ramírez mientras esperaban-, son tipos bastante curiosos: uno es pintor, el otro médico. Tienen esta tahona, que anda a la buena de Dios, porque ninguno de ellos se ocupa de la casa. El pintor no pinta; se pasa la vida ideando máquinas con un amigo suyo; el médico tiene, en ocasiones, accesos de misantropía y entonces se marcha a la buhardilla y se encierra allí para estar solo".

Caricatura de Pío Baroja

En ese tiempo resuelve dedicarse enteramente a la literatura y comienza a colaborar en distintos periódicos y revistas de Madrid, viajando a París en 1899, donde tratará a los hermanos Machado, conocerá a Oscar Wilde y a Reclus. en 1900, a raíz de la publicación de Vidas sombrías, conoce a Azorín, a quien le unirá una amistad de por vida. Viaja por distintas ciudades y pueblos españoles, junto con Darío de Regoyos, Ramiro de Maeztu, Ciro Bayo Segurola, Paul Schmitz o su hermano Ricardo, vivencias que irá incorporando a sus narraciones. en 1902 se le ofrece un homenaje en Madrid, al que acuden Galdós, Maeztu, Valle-Inclán, Azorín y Mariano de Cavia, muestra del reconocimiento de los escritores de su tiempo y del creciente valor de sus obras en la vida cultural. En 1903 viajó a Tánger como corresponsal de guerra del periódico "El Globo". En 1906 viajó a Londres y París, de nuevo, y al año siguiente visitó Suiza e Italia. A italia, de donde procedía la familia de su madre, volverá un año después. Pío Baroja, que tuvo siempre especial preocupación por los factores étnicos, daba mucha importancia a los antecedentes biológicos familiares en la conformación del carácter. Así, escribe: "Yo soy, por mis antecedentes, una mezcla de vasco y de lombardo: siete octavos de vasco por uno de lombardo.

"No sé si este elemento lombardo (el lombardo es de origen sajón, al decir de los historiadores) habrá influido en mí; pero indudablemente, la base vasca ha influido, dándome un fondo espiritual, inquieto y turbulento.

"Nietzsche ha insistido mucho en la diferencia del tipo apolíneo (claro, luminoso, armónico) con el tipo dionisíaco (oscuro, vehemente, desordenado). Yo, queriendo o sin querer, soy un dionisíaco.

"Este fondo dionisíaco me impulsa al amor por la acción, al dinamismo, al drama. La tendencia turbulenta me impide el ser un contemplador tranquilo, y al no serlo, tengo inconscientemente que deformar las cosas que veo, por el deseo de apoderarme de ellas, por el intento de posesión, contrario al de contemplación.

" Al mismo tiempo que esta tendencia por la turbulencia y por la acción -en arte, lógicamente, tengo que ser entusiasta de Goya, y en música, de Beethoven-, siento creo que espontáneamente, una fuerte aspiración ética. Quizá aquí aparece el lombardo".

En 1911, después de haber oído hablar en su familia de Eugenio de Aviraneta, pariente de los Baroja, comienza a estudiar su historia, de la que surgirá luego la serie, de veintidós volúmenes, Memorias de un hombre de acción. En 1912, cuando se encontraba renovando la casa adquirida en Vera de Bidasoa, fallece su padre. Baroja escribe y publica constantemente en la editorial de su cuñado, Rafael Caro Raggio, quien se casaría con su hermana Carmen en 1913. En este mismo año el novelista viaja a parís de nuevo, donde se le ofrece un banquete, al que concurren Ignacio Zuloaga y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros. En 1914 nace en Madrid su sobrino el antropólogo y etnógrafo Julio Caro Baroja. En estos años continúa dando conferencias en distintas ciudades (Bilbao, Barcelona, San Sebastián), escribiendo en los periódicos y viajando. En 1926 visitaría otros tres países de Europa: Alemania, Holanda y Dinamarca. En 1928, año en que nace su sobrino, el cineasta Pío Caro Baroja, su novela Zalacaín el aventurero fue llevada al cine, en cuya obra interpreta un papel el propio novelista, así como su hermano, el pintor Ricardo.

Marañon y Baroja

Con la llegada de la República en 1931, el rebelde Baroja no sintió en modo alguno entusiasmo, como no lo sentiría nunca por ninguna de las formas políticas organizadas. Este hecho le distanció de su amigo José Ortega y Gasset, el principal impulsor, junto con Marañón y Pérez de Ayala, de la "Agrupación al Servicio de la República". Sí expresó en cambio Baroja cierta querencia romántica por el anarquismo, como relata en algunos de sus textos. Acaso nadie haya explicado sus sentimientos como el propio Baroja en estas palabras: "Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista. Primero, enemigo de la Iglesia; después, enemigo del Estado; mientras estos dos grandes poderes estén en lucha, partidario del Estado contra la Iglesia; el día que el Estado prepondere, enemigo del Estado".

Julio Caro Baroja interpreta esta posición de Pío Baroja de forma clara: "Aborrecía las instituciones fundadas con intención de intervenir en la conciencia individual, o de someterla, fueran los que fuesen sus signos: lo mismo los del partido socialista que los de la extrema derecha. Sentía también antipatía profunda por las personas bien situadas dentro de una sociedad organizada burocráticamente y su simpatía por el Anarquismo se fundó en este rasgo de su temperamento. Soñaba con lo imposible: con una sociedad en que los méritos individuales fueran los únicos reconocidos. Y por eso siendo liberal y hasta anarquista de temperamento profesaba el culto a los grandes hombres". Esa defensa del individualismo le llevó a valorar a personas como José Miguel de Barandiarán, sacerdote y etnógrafo a quien encomendó la formación de su sobrino Julio Caro Baroja. 

En 1935, año en que fallece su madre, ingresa en la Real Academia de la Lengua con el discurso "La formación psicológica de un escritor", que fue contestado por el Dr. Gregorio Marañón.

En julio de 1936, el comienzo de la guerra civil le sorprende en su casa de "Itzea", en Vera de Bidasoa. Baroja, junto con un amigo médico, salió a ver pasar una partida de requetés que se acercaba al pueblo vecino de Santesteban, siendo reconocido por algún miembro de la partida, que quiso fusilarle, por ser "enemigo de la tradición". Fue detenido y encarcelado. Liberado al día siguiente, tomó la decisión de salir para Francia, ante el cariz que tomaban los acontecimientos. ciertamente, don Pío se había manifestado muy claramente sobre el particular. Así, en 1914 escribe: "Siento, creo que espontáneamente, una fuerte aspiración ética... Esta aspiración, unida a la turbulencia, me ha hecho ser un enemigo fanático del pasado, por lo tanto, un tipo antihistórico, antirretórico y antitradicionalista... He dicho que soy antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy, porque todos los pasados, y en particular el español, que es el que más me preocupa, no me parecen espléndidos, sino negros, sombríos, poco humanos". El oficial del Ejército que, al reconocerle, le liberó de aquel incidente con los requetés, acudiría en 1956, siendo general, y vestido de uniforme militar, al entierro del novelista. Durante la mayor parte de la guerra vivió en París, en el colegio de España de la Ciudad Universitaria. Escribió en ese tiempo muchos artículos para "La Nación" de Buenos Aires. Las circunstancias de la guerra, con la destrucción de la casa familiar en Madrid, hace que su cuñado, Rafael Caro Raggio, arruinado y enfermo, sufra una grave quiebra de salud.

Itzea

En 1941 comienza a escribir, de nuevo en Itzea, el primer volumen de sus memorias, Desde la última vuelta del camino. En 1943 fallece su cuñado Caro Raggio. A este dolor se sumaría el de la muerte de su hermana Carmen en 1949 y la de su hermano Ricardo, en 1953. La vida de Pío Baroja en este periodo queda reflejada en el mismo título del libro de su sobrino Pío Caro Baroja: La soledad de Pío Baroja, editado en México. Julio Caro Baroja ha hecho distintos retratos de su tío a su vez, fundamentalmente en su libro Los Baroja.

La leyenda, alentada en buena medida por quienes nunca perdonaron a Baroja la irreprochable actitud independiente de sus juicios, ha retratado al novelista como un hombre huraño o triste, antisocial y malhumorado, cuando la experiencia parece documentar todo lo contrario. Así, junto a la ternura y poesía que explican buena parte de su vida y obra, está su sentido del humor y una actitud bastante más vitalista de la que se puede suponer en un lector apasionado de la filosofía de Schopenhauer. Julio Caro Baroja escribe a este respecto (1962): "El que lea la mayor parte de los escritos que tratan de mi tío sacará la impresión de que era un hombre triste y áspero. Sin embargo, la realidad es que durante muchas horas de su vida fue jovial, jovial como no creo que lo haya sido ningún escritor español de su época. Si alguien ha reído en casa a borbotones, de una manera dionisíaca, ha sido él. Los demás hemos tenido la sonrisa más difícil o con un matiz más frío.".

Fue Pío Baroja un hombre profundamente inquieto, faceta que se explica no sólo en sus viajes, sino en la formación cultural que ratifica, tanto en el pensamiento, como en la historia o la literatura, la bibliografía que se procuró, leyó y estudió en su biblioteca de Itzea. Amigo de la tertulia y la comunicación, sostuvo en su casa de Madrid encuentros constantes con jóvenes y viejos amigos, y cualquier persona que mostrara interés en conocerle, era bien recibida, conducta que ha sido general en todos los Baroja. De todas las relaciones y experiencias, el testigo de época que fue Baroja, fiel a su profesión de observador, fue tomando notas para sus creaciones y retratos literarios. "Desde luego yo recuerdo como una edad mágica - nos dice Julio Caro Baroja- aquella en que mi tío buscaba a sus personajes: donde nosotros no veíamos más que un hombre o una mujer bastante vulgar él nos hacía percibir mil matices de carácter y persistía en su tarea de observar". Y añade a este propósito Caro Baroja: "¿Qué preocupaba normalmente a mi tío de modo cardinal? La masa de los hombres y de las mujeres, de los ambientes y las sensaciones. Aquello, en fin, que queda inadvertido por la generalidad, pero que siempre ha constituido la médula del arte novelesco".

Pío Baroja

Como miembro de una misma inquietud inicial, la historia literaria sitúa a Baroja en la nómina de escritores e intelectuales de la "Generación del 98", junto con su amigo Azorín, y otros dos vascos singulares y universales: Ramiro de Maeztu y Miguel de Unamuno. No Obstante, y celoso de su independencia y libertad de criterio, don Pío no se sentía cómodo dentro de su agrupación generacional. Julio Caro Baroja lo explica de este modo: "Por eso mi tío, escéptico y carente de facundia, se sentía incómodo inscrito en la generación del 98. Él, con sus ideas de médico racionalista, un tanto stendhaliano, con sus gustos musicales y sus inquietudes dieciochescas casi, con su afición al tono menor, aparece al público como una especie de ser fabuloso, amenazador, sarcástico, en un grupo de grandes hombres con grandes barbas y grandes gestos y pretende defenderse, separarse de tanta gravedad".

Su primer libro publicado, Vidas sombrías (1900), nace con el siglo. "Los cuentos que forman este volumen -afirma Baroja- los escribí casi todos siendo médico de Cestona. Tenía allí un cuaderno grande, que compré para poner la lista de las igualas, y como sobraban muchas hojas me puse a rellenarlo de cuentos". En esta primera aparición editorial, el novelista Baroja hacía notar su predilección por la obra narrativa de tres grandes escritores, a los que reconoció de siempre sus enseñanzas: Dickens, E.A. Poe y Dostoievski. Cuando en 1914 escribe un prólogo para la edición parisina de Nelson de su novela La dama errante, Baroja ratifica estas referencias, y las amplía: "Mis admiraciones en literatura no las he ocultado nunca. Han sido y son: Dickens, Balzac, Poe, Dostoievski y, ahora, Stendhal". Julio Caro Baroja añade un testimonio a propósito de los grandes creadores de la cultura que le interesaban a don Pío: "La cuestión era saber cuáles eran sus grandes hombres. Porque en odios y predilecciones resultaba tajante y hasta arbitrario. Metía en su santuario a Cervantes y a Calderón, pero no a Lope y a Quevedo. Veneraba a Kant, pero no a Hegel. Sentía gran simpatía por Dickens y se incomodaba (creo que justamente) con los ingleses que pretendían parangonearlo con Thackeray. Desde joven, hablaba con entusiasmo de Claude Bernard y con desdén de Charcot. Y era difícil saber la razón de las antipatías y las predilecciones porque, en esto sí creo que era vasco típico, es decir, muy poco aficionado a razonamientos largos".

Su espíritu queda reflejado en una declaración que Pío Baroja hace en el prólogo de uno de sus libros más característicos:"Yo soy el autor de La Leyenda de Jaun de Alzate, soy un poeta aldeano, poeta humilde, de un humilde país, del país del Bidasoa". Su obra, revestida de ternura y humanidad, certifica la noción poética, y la aspiración ética de este escritor singular quien, en una visita al Museo de San Sebastián, en compañía del pintor Regoyos, ante el requerimiento del director para que firmara en el libro de oro del Museo, y pusiera bajo su firma todos los títulos que poseyera, escribió: "Pío Baroja, hombre humilde y errante". Su carácter queda dibujado en un testimonio del propio novelista escrito en 1914: "Este conjunto de particularidades instintivas: la turbulencia, la aspiración ética, el dinamismo, el ansia de posesión de las cosas y de las ideas, el fervor por la acción, el odio por lo inerte y el entusiasmo por el porvenir, forman la base de mi temperamento literario , si es que se puede llamar literario a un temperamento así, que, sobre un fondo de energía, sería más de agitador que de otra cosa".

Pío Baroja

Cuando el 30 de octubre de 1956 fallece en Madrid, en cuyo cementerio civil está enterrado, Julio Caro Baroja envió a su hermano Pío, en México, el siguiente telegrama: "Gaur il da". "Por qué le anuncié aquella muerte en vasco y no en castellano? Me pareció más íntimo, más recatado, menos oficial", nos dice Caro Baroja. Un grupo de amigos e incondicionales -entre los que estaban los Premios Nobel Hemingway y Camilo José Cela-, y un puñado de su tierra vasca, que certificaba el afecto de su País del Bidasoa, daban sepultura a uno de los escritores más profundos y de más ingenio de este siglo. 

© Félix Maraña

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